Maravilla amenazada: Las cataratas de Iguazú están en riesgo

La Garganta del Diablo, el salto de agua más grande del mundo, que desde una altura de 80 metros y formando un arco de 150, suelta una mole hídrica de más de 1.500 metros cúbicos por segundo.

 

Es el epicentro de las inenarrables Cataratas del Iguazú, clavadas en la frontera argentino-brasileña a lo largo de poco más de 2,5 kilómetros. Tiene un aura demoledora, incluso intimidante, y al mismo tiempo produce una seducción irresistible, a veces trágica.

Desde hace unos años, sobre este ecosistema planean amenazas diversas, humanas sobre todo, y más precisamente climáticas. En los años 2006, 2009 y 2012, la sequía que cayó como una plaga sobre la selva paranaense (el ecosistema que alberga esta maravilla) convirtió la foto de las postales en un espanto. “No sabíamos qué hacer en esos años”, cuenta Wenderson, un guía brasileño que reside y trabaja en Foz do Iguaçú, una ciudad que vive de las cataratas.

En el 2006, por ejemplo, el caudal de las mismas bajó hasta el alarmante nivel de sólo 350 metros cúbicos de agua por segundo, es decir cinco veces menos de lo habitual. En el 2009, el registro fue de 480 litros. De esos años datan las fotos en las que las prodigiosas cataratas aparecen secas y desoladas, con apenas unos pálidos hilitos de agua.

Sorprendentemente, en el 2014 sobrevino una hiper crecida, que disparó el volumen de agua hasta los alucinantes 46.300 litros por segundo, casi 30 veces más de lo normal. “En cinco años el proceso se invirtió abruptamente”, comenta Lélia Valduga, una fotógrafa brasileña que ha sido testigo de estos vaivenes que agobian a Iguazú, su ecosistema y su gente.

Entonces, por supuesto, tampoco se podía entrar, por precaución. En una fecha tan reciente como diciembre del 2015, el acceso a la Garganta del Diablo por la parte argentina también fue cerrado, debido a que el caudal alcanzó los 11.000 metros cúbicos por segundo. Meterse por la pasarela metálica de dos kilómetros que conduce a este punto neurálgico, en medio de las aguas, podía ser suicida.

¿Cambia, todo cambia?

Según Guillermo Gil, especialista del Centro de Investigaciones Ecológicas Subtropicales (CIES), “con el cambio climático se pronostican períodos lluviosos y secos más intensos, así como tormentas más extremas en precipitación y vientos”. En otras palabras: la acción humana, y la potente pero riesgosa modernidad, estarían afectando este paraíso.

La paulatina destrucción de este dispendioso ecosistema tiene siglos. Solo que en las décadas recientes se acrecentó con la construcción de enormes represas.

Gil no se atreve a ser concluyente, pero los indicios de que algo inquietante ocurre son altas: ese régimen de lluvias alterado, esas imágenes deprimentes de los sobrecogedores saltos de agua secos. Esa sensación de que, si un día desaparecen o decrecen, serán un doloroso recuerdo.

Ya en 1997, antes de que la preocupación climática cundiera a nivel global, el geólogo Carlos Aust, en su libro Origen y Evolución de las Cataratas del Iguazú, pronosticó que la Garganta del Diablo retrocedería 30 metros en unos 80 años, que la isla San Martín dejaría de ser tal y que, en conjunto, todo el abanico de saltos desaparecería. Todo ello sería provocado por la continua erosión de las rocas que los acogen, por la fuerza del agua y por el avance de la masa boscosa.

No eran tiempos muy sensibles al calentamiento global, aunque había una coincidencia entre esas predicciones catastróficas y las de hoy. La mano humana, plasmada en persistentes actos de contaminación, o en la insistente construcción de mega represas, tendría que ver con esa deriva preocupante. Podría ponerle fin a todo este arco delicioso, sobrecogedor, de saltos de agua, bosques y chorros imparables.

Manuel Marcelo Jaramillo, Director de Conservación y Desarrollo Sustentable de la Fundación Vida Silvestre, abona las preocupaciones con explicaciones más puntuales. “La selva atlántica se ha reducido casi en un 90% a lo largo de los años. Ese es el principal problema del Parque Nacional Iguazú”, afirma. Lo que hoy vemos, en realidad, son fragmentos del bosque originario que era el hábitat de la etnia guaraní.

La paulatina destrucción de este dispendioso ecosistema tiene siglos. Solo que en las décadas recientes se acrecentó con la construcción de enormes represas, por lo menos cuatro en la cuenca del río Iguazú. Una de ellas es Baxo do Iguaçú, que está aún en construcción y se ubica 70 kilómetros aguas arriba de las cataratas, en el estado brasileño de Paraná. Mal cálculo: la propia UNESCO ha alertado al gobierno de Dilma Rousseff sobre el inminente riesgo de este proyecto.

Rompiendo el equilibrio

“Al fragmentarse el bosque, explica Jaramillo, la posibilidad de intercambio genético entre las especies se perturba”. Una mariposa denominada Julia (Dryas Julia alciones), verbigracia, necesita movimiento, posibilidades de mezclarse con otras de su misma especie. Si su hábitat se reduce y la obliga a la endogamia se vuelve más vulnerable.

Otro tanto puede ocurrir con un yaguareté (Panthera onca). Este gran felino, habitual de estos lares, necesita espacio, bosques para moverse, presas para cazar y sobrevivir. Si la selva paranaense que envuelve a Iguazú se cierra, su vida misma está en riesgo.

Los científicos han alertado sobre otro elemento que perturba: el régimen hídrico. La impronta de las represas revoluciona, casi siempre malamente, la dinámica los ríos, el ciclo hidrológico, el hábitat de los peces. No es lo mismo el agua que corre que el agua estancada, capturada en un espacio; esto, que parece una obviedad, resulta fundamental para comprender por qué es delicado montar un gran embalse en medio de estos bosques de ensueño.

Pedazos de selva, ríos alterados, especies que se ven confinadas. Encima de eso, el calentamiento global de la Tierra. Las víctimas de todo esto no han sido solo las cataratas sino, también, especies como el yacaré (Caiman yacare), que según los estudios del biólogo Agustín Solari, ha visto afectada sus población debido a que los ejemplares jóvenes no sobreviven fácilmente a las crecidas.

La intervención humana ocasiona todo este juego de dominó perverso que, no obstante, es bastante evitable. Según la Fundación Vida Silvestre, la única manera de conseguir energía no son las mega represas; estas se pueden combinar con energías renovables. El ahorro energético, a su vez, es vital para que todos estos parajes impresionantes se mantengan. Aun cuando parezca extraño, hay una línea que conecta cualquier enchufe eléctrico con las fantásticas cataratas.

 

Jaramillo finaliza dando un importante consejo: cuando se visita Iguazú, “se está visitando un parque nacional”, no sólo un lugar bonito. Se está entrando en un área protegida, en un ecosistema que necesita ser conservado, además de admirado. Ocurre que esta masa de espuma y vida, esta bendición planetaria, está en riesgo; quizás no dure de aquí a la eternidad, aunque hoy parezca que nos aproxima al cielo.

Fuente: El País

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